¿Por qué mucha gente le creyó a Kirchner? ¿Por qué muchos jóvenes creyeron en él? Son preguntas difíciles de responder.
Pero sí se puede decir algo. En esa creencia se recuperó mucho más que la confianza en UN político. Más bien se recuperó la confianza del ejercicio de la política desde el lugar del Estado. Con errores, con aciertos, con contradicciones y debilidades, con impresentables y con personas muy valiosas, la política se comenzó a enaltecer en el fragor de las discusiones más importantes que tuvo este país desde hacia muchísimo tiempo. Y todo eso sucedió por iniciativa o participación del Estado administrado por los Kirchner. En ese proceso muchos adherimos a este gobierno. Es decir comenzamos a creer en este gobierno. Desde entonces argumentamos y miramos la política desde esa creencia.¿Qué hacen los que no creen con los que sí creen? Algunos respetan; otros miran socarrones y te dice “ya te vas a dar cuenta”; otros te tiran por la cabeza conspiraciones palaciegas difíciles de comprobar; están los que pretenden anular un complejo y entreverado proceso político con las alianzas nefastas del gobierno nacional; y nunca faltan los que apelan a la inefable corrupción para hacerte entender que no se puede apoyar a un gobierno que roba y que hace todo lo que hace porque es una mafia que sólo pelea con Clarín por sus negocios. El gobierno activa los juicios a los genocidas. Es porque hace marketing de izquierda y roba por derecha. El gobierno impulsa la ley de medios. Es porque está en guerra con Magnetto. El gobierno estatiza los fondos jubilatorios. Es porque necesita caja.
Los incrédulos no pueden articular una creencia política porque la conspiración es su ley primera. Conciben la política como ese lugar donde se hacen negocios privados, donde el gobierno es una especie de mafia que sólo recauda y aprieta para concretar sus espurios propósitos. No toleran reconocer una política de Estado en favor de los que menos tienen, y por eso buscan explicarla exclusivamente desde esos principios. Reducir estos últimos 8 años con esos argumentos es no querer asumir un pensamiento más profundo sobre lo que sucedió, sucede y sucederá en este período histórico de Argentina. La incredulidad le queda bien a la filosofía, no a la política.
Cada uno lo hace como quiere. Yo argumento desde una creencia que no me impide asumir las contradicciones más intrincadas de este gobierno. La creencia de los que no creen se materializa en una formulita que les sale de memoria: los K hacen tal cosa porque les conviene a ellos y solo a ellos. Y ahí se termina todo. Así de fácil. Y está bien, están en su derecho de discutir y analizar la política actual desde ese lugar prístino e inmaculado. Pero que quede bien claro: los incrédulos la tienen mucho más cómoda que los que creemos.
Por eso a Jorge Lanata no le cuesta nada decir: “¿Por qué tengo que elegir entre el bagarto y el bagallo? Yo quiero salir con la mina que me gusta a mí”. Facilísimo, así cualquiera. Pero la política es otra cosa más complicada. Es, como le dijo Néstor a Feinmann (el bueno), algo que los progres no puede entender (¡Oh, qué horror! cómo vamos a entender que el poder se construye transando con un puntero de Patti. Lean El flaco, ahí está esa anécdota imprescindible para entender toda la historia del poder en Argentina). Es, como le dijo Morpheo a Neo en Matrix, “Bienvenido al desierto de lo real”. Muchos elegimos meternos en el desierto, incinerarnos la cabeza de preguntas, dudas y contradicciones, y asumir la realidad que nos tocó en nuestro tiempo. Otros, mientras tanto, merodean el páramo esperando que resuciten
San Martín, el Che Guevara y Mariano Moreno para comenzar a creer.